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Médico vs. mujer... Mi doble visión del parto.

  • 27 ene 2016
  • 2 min de lectura

“Ándele madre, pásese a la camilla rápido”, “Baje las pompas y puje fuerte” entre un sin fin más de frases que escuche a médicos y enfermeras decirle a una mujer que paría, frases dichas en medio de una contracción, en medio del deseo de pujar o en medio del miedo y el desconcierto.


Durante mi preparación como médico, no solo fuí testigo del trato institucionalizado que se le da a la mujer en trabajo de parto, también fui parte del sistema, de un sistema que me enseño que las mujeres que paren no deberían gritar, sino deberían de cooperar, que no necesitan compañía, sino soledad, que no deberían moverse –¿Acaso es tan difícil de entender el riesgo de estar de pie o ir al baño durante la labor de parto? ¡Vaya inconciencia! Nosotros tratamos de cuidarlas y a cambio solo recibimos quejas y reclamos!-


Claro que todo esto para mí no suponía ningún problema, en una guardia de 36 hrs, cada parto se iba convirtiendo en uno más. No digo que perdiera toda sensibilidad, trataba de ser empática, de hablar con calma, de sonreír, pero mentiría si no admitiera que alguna vez el cansancio o la carga de trabajo me rebasaron y solo fui una mala cara más en la memoria de una mujer más que estaba teniendo un bebé más.


Nunca habría caído en cuenta del impacto que tenían en mi vida cada una de esas mujeres y todo lo que rodeaba su momento del parto hasta que me vi a mi misma embarazada y lo único que ocupaba mi mente era ¿Cómo voy a traer a este bebé al mundo?


En un momento dado me di cuenta de que me encontraba huyendo, huyendo de la cesárea que había presenciado desde el otro lado de la plancha, huyendo de la epidural, huyendo de la mesa de partos y de esos tratos que infantilizan y despersonalizan.


Y así huyendo de mi propia práctica, encontré una luz al final del túnel, la luz del parto respetado y humanizado, tuve la suerte de vivir mis partos con el mínimo de intervenciones, acompañada de quien amo y en quien confío, respetada y con libertad de gritar, de mojarme, de moverme, de rendirme por un instante, con la libertad de parir.


Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que, en mi círculo cercano soy la “valiente” que ha parido, la “extravagante” que se sumergió en agua al parir y la “suertuda” de haber tenido suficiente leche. Como médico y como mujer, me sorprende. ¿Acaso no toda mujer podría parir, no toda mujer podría lactar?


Soy médico, soy madre, soy doula. Como médico entiendo de protocolos, entiendo que hacemos lo que nos enseñan a hacer y lo hacemos propio, como madre entiendo la vulnerabilidad de la mujer en el momento de parir, entiendo el sello indeleble que supone esta experiencia para el resto de nuestras vidas.


Hoy se que un parto puede y debe ser un momento de amor, de confianza, de crecimiento, de libertad. Hoy se que todas las mujeres tenemos derecho a vivirlo con dignidad y sin miedo, pero entonces me pregunto: ¿Qué estamos haciendo en la práctica médica para que nosotras mismas, mujeres médicas y ginecoobstetras temamos tanto parir?

 
 
 

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